La villa que vio llegar un nuevo mundo: mis 9 paradas imprescindibles en Baiona

Siempre que necesito reconciliarme con el mar vuelvo a Baiona. Tiene esa nobleza intacta de las villas marineras que han visto pasar la historia por delante de sus ojos sin perder jamás la calma. Cada vez que camino por su fachada marítima, siento la tentación de repetir mi itinerario personal de 9 lugares que ver en Baiona, todo lo que hace única a esta joya del sur de la ría.

Mi recorrido arranca invariablemente en la Fortaleza de Monterreal. Cruzar sus portalones de piedra y subir a las murallas artilladas es asomarse a tres kilómetros de historia defensiva donde hoy se resguarda el Parador. Me encanta rodear la península a través del Paseo de Monte Boi, un sendero pegado al agua donde el romper de las olas contra el granito te acompaña en un recorrido circular que despeja la mente en cualquier época del año.

Al bajar de nuevo hacia los pantalanes del puerto, resulta imposible no detenerse ante la Réplica de la Carabela Pinta. Subir a su cubierta de madera chirriante me devuelve siempre a aquel marzo de 1493, cuando Martín Alonso Pinzón atracó aquí para convertir a Baiona en el primer puerto europeo en recibir la noticia del Descubrimiento. Muy cerca de allí, los arenales resguardados bajo la sombra del castillo reclaman una pausa: la Praia da Barbeira, con su arena dorada y aguas transparentes, o la recogida Praia da Concheira, famosa por su tradición de baños de yodo entre las rocas.

Desde el puerto me adentro en el laberinto sombrío del Casco Histórico. Sus calles empedradas —como la Rúa do Reló o Ventura Misa— conservan el aroma a marisco fresco y vino del país, arropadas por casas marineras de piedra y soportales donde el tiempo parece haberse detenido. En pleno corazón de la villa descubro la sobria monumentalidad de la Colegiata de Santa María, un templo del siglo XIII con aspecto de fortaleza militar, y a pocos pasos, la elegante fachada barroca de la Capilla de Santa Liberata, dedicada a la primera mujer crucificada según la tradición local.

Al salir del dédalo urbano me detengo ante el curioso Crucero de la Santísima Trinidad, una pieza del siglo XV protegida bajo una cúpula gótica que servía de guía y cobijo a los caminantes. La ruta continúa tomando altura hacia las faldas del monte Sansón, donde se alza la imponente Virgen de la Roca. Subir por la escalera de caracol interior hasta alcanzar la barca que la escultura de granito sostiene en su mano derecha ofrece, para mi gusto, una de las panorámicas más sobrecogedoras sobre la ría y las islas Cíes recortadas en el horizonte.

Guardo siempre el final del trayecto para despedir el día en Cabo Silleiro. Alejado del núcleo urbano, junto al viejo y nuevo faro donde el Atlántico ruge con toda su bravura, el viento salino sacude el cansancio y tiñe el cielo de un naranja encendido. Estas nueve paradas no son una simple lista turística; son el latido vivo de una villa que nunca se cansa de mirar al océano.